Hay días que no quiero reír, desearía simplemente sentarme en un parque y ver como los abuelos consumen sus últimos años de vida, sentarme en la última silla de un bus y ver como envejece mi ciudad, o simplemente acostarme en mi cama e intentar descifrar los secretos de mi techo, ir en busca de lugares donde no existan las palabras, que ni siquiera se escurran por entre los tejados ni se filtren por las paredes, pues estoy segura de que ellas son las culpables.
¿Puede acaso alcanzarse a imaginar la felicidad?- o ¿sentirla?- es que es tan fugaz que rápidamente perdemos su sabor, se digiere en nuestro cuerpo antes de poder contemplarla, y entonces nos queda nuevamente el sinsabor de su efímera presencia.
Y … ¿qué de esa facultad tan maravillosa de comunicarse?, ¿de poder mirar a los ojos y decir con un suave parpadeo lo que se siente?, ¡como quisiera poder hacerlo!, pero creo que algo debe sucederme, cuando las palabras vienen de mi corazón deciden quedarse en mi garganta presas de un miedo de libertad, yo lo admito, no puedo hacerlo, no puedo hacer que lo entiendas, pero puedo sentirlo.
Pienso seriamente en abrirle un juicio al amor, si ¡voy a demandarlo!, por contemplarme a ciegas bajo las noches tristes, por apresarme y regalarme momentos escurridizos, por negarme el paso al olvido, por crearme ilusiones ópticas íntimas amigas de la señora apariencia, por reírse cuando lloro, por dejar que el tren se vaya aun con una silla vacía, por arder en mis manos cuando no quiero soltarlo, por no dejarme seducirlo, abrazarlo, perderme en él, por un momento que valga y dure más que un vago instante.
Estas son las confesiones de mis días tristes, aquellos en los que no puedo negar mi ingenuidad, mi temor, mi sofoco, mis deseos, mis ansias, mi sed, mis miedos…no puedo negarme lo que soy, ni lo que somos.


Ella llega y con sus cuchillos punzantes te hace estremecer, te hace gritar, llorar hasta no más poder, recuerdas, añoras, sueñas, piensas…pero ella sigue ahí, el dolor sigue ahí.